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Historias de elefantes urbanos 2
De todos es sabido lo accidentado del trayecto del Monte Carmelo al mercado. La peor parte, la más intrincada, es ese tramo por el que uno debe avanzar, a pie, una vez pagado el billete, hasta un lugar seguro. Lo que sea, una barra a la que sujetarse, una asa sin dueño, un brazo amable o, por supuesto, un codiciado asiento abandonado... La sensación no es exactamente de caída libre... A la fuerte pendiente hay que sumar el temblor provocado por el adoquinado, la fuerza centrífuga en las curvas pronunciadas y las variantes dadas por el carácter intrépido e inconsciente del conductor. Los pasajeros que se quedan en tierra de nadie, se barajan como naipes de un lado a otro del autobús, antes de repartirse por las paradas de destinto. Si hay suerte, saldremos de ahí con todos los huesos puestos, que no ajustados, porque ya hay estudios que demuestran que de experiencias como esta se resiente uno toda la vida.
A partir del viaducto, la carrera se suaviza. Los supervivientes podemos sentirnos orgullosos de haber participado en este escepcional récord de velocidad.
Los adultos recuperan el habla más allá de las oraciones y los insultos.
Una niña sentada en el regazo de su madre, despierta de un viaje introspectivo... Con las sacudidas había dado rienda suelta a la imaginación pero, de tal manera que, se ha desbordado toda por la calle.
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